jueves, 30 de mayo de 2013

"Te conocemos de toda la vida". Reflexión de actualidad sobre la interpelación policial.





El motivo que nos ha llevado a escribir lo que sigue es un suceso reciente. Copio la noticia tal como se encuentra en la prensa
"
María Asunción López tiene 62 años y es maestra en el colegio público Sagrados Corazones de Redován. El 9 de mayo participó en una marcha espontánea y posterior concentración de rechazo a la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). Por la noche, cuando ya estaba en casa, la Policía le llamó para notificarle que se había formulado una denuncia contra ella por haber participado en un acto que no estaba autorizado. "¿Pero cómo puede ser, si ni si quiera me pidieron la documentación? ¿Cómo sabe cómo me llamo o cuál es mi teléfono?", les preguntó. La respuesta del agente fue clara y concisa: "Te conocemos de toda la vida"."


I.


Esta anécdota tiene un primer nivel de interpretación. La persona a quien avisan de la denuncia se queda sorprendida por el hecho de que la policía, sin haberle pedido la documentación, la hubiera identificado como una de las personas que participaron en la manifestación "no autorizada". El policía le responde que la conocen "de toda la vida". Esto mostraría que el ciudadano es objeto de observaciones y seguimientos policiales cuyos resultados van a parar a ficheros de datos.  En el caso de los ciudadanos más contestatarios y revoltosos es probable que la observación sea aún más sistemática y minuciosa. El agente hacía saber a la ciudadana que, como se suele decir en las películas, "la policía no es tonta", esto es que sabe mucho sobre nosotros y -supuestamente- no podemos escapar a su mirada. Es bien sabido que, desde la Brigada Político Social franquista (hoy reconstituida en la práctica) a la Stasi de la República Democrática Alemana, todas las policías, y en particular las de los regímenes dictatoriales, han acumulado multitud de datos sobre un gran número de ciudadanos. La policía tiene así una función "panóptica": como institución se encuentra en una posición en la que puede -como en el dispositivo de control ideado por Jeremy Bentham- ver sin ser vista. Puede observar a todos y a cualquiera: mejor aún, puede dar a entender que todos y cada uno podemos ser observados en cualquier momento, aunque en la práctica nadie ni nada nos esté observando. Con esto se consigue un primer efecto de intimidación que nos hace ver nuestras vidas como algo que ocurre bajo la mirada del policía o de su prótesis técnica que es la cámara de vigilancia. Tal es el primer y ya temible sentido de "Te conocemos de toda la vida", que es por lo demás una frase " de manual" que han oido en estos mismos términos u otros muy semejantes todos los que alguna vez han sido invitados a visitar una comisaría con la energía y contundencia propias de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado .


II.

Existe, como anunciamos, otro nivel de interpretación de esa frase policial. Esta frase implica una interpelación. esto es que un sujeto (el policía) se dirija a otro sujeto (el ciudadano), que llame su atención, en ese doble sentido de la expresión "llamar la atención a alguien" que implica cierto grado de reproche. Aquí, además de la idea de que la policía puede saberlo todo de nosotros, nos encontramos con la institución policial como instancia de censura moral. Si me llama la policía a casa o incluso si se dirige a mí en la calle, cualquier "buen ciudadano" sabe que tengo algo que reprocharme, que "algo malo" habré hecho. Esto no solo lo saben los otros buenos ciudadanos, lo sé yo mismo, sea o no un buen ciudadano. Es fácil además que tanto el policía, como el buen ciudadano o yo mismo acertemos al considerarme culpable de haber hecho algo malo, pues, contrariamente a lo que se cree, un orden jurídico no ordena exhaustivamente la sociedad y siempre deja grandes márgenes para su incumplimiento. No hay norma tan exactamente definida que no pueda no ser incumplida, incluso por quien más y mejor se aplica a cumplirla. La norma está siempre muy cerca de la excepción. Ante la policía, como Adán y Eva en el paraíso después del pecado original, todos nos sentimos culpables y desnudos. Esto no es todo: la policía tendrá una función aún más importante que la de un mero aparato represivo que detecta y señala la falta o que, por su mera sospecha nos hace culpables. La policía será uno de los múltiples aparatos de Estado que contribuyen a convertirnos en sujetos.

III.

Louis Althusser publicó en 1970 en la revista La Pensée un largo artículo bajo el título Ideología y Aparatos ideológicos de Estado. En este artículo que formaba parte de un proyecto de libro dedicado a la reproducción de las relaciones de producción, Althusser concibe la ideología como un discurso que contribuye a reproducir las relaciones sociales existentes. La ideología no es un conjunto de ideas que se encuentran en "la cabeza" de la gente o en su espíritu, sino una asociación de palabras y prácticas materiales que se da en el marco de unos aparatos de Estado determinados. Si la función global del Estado es reproducir en las condiciones de una hegemonía social determinada las relaciones sociales de producción, la de los aparatos ideológicos de Estado que Althusser diferencia de los represivos, será contribuir a esa reproducción mediante la constitución de sujetos, de formas específicas de subjetivación funcionales a las relaciones sociales imperantes. Los aparatos ideológicos de Estado hacen así del individuo un sujeto o, en los términos un poco cuarteleros de Althusser "reclutan al individuo como sujeto". Entre estos aparatos se encuentran la familia, la escuela, los aparatos religiosos, y en parte los sindicatos, los partidos y los diversos elementos del aparato jurídico-político. Esto no implica que los aparatos represivos no tengan también una función ideológica, ni que los aparatos ideológicos no realicen también una función represiva. Violencia represiva y palabra ideológica siempre conviven en los aparatos de Estado aunque en combinaciones y proporciones distintas según cada aparato.

La ideología, tal y como la entiende Althusser no es una mera deformación imaginaria de la realidad. No es un error ni un engaño por los que el sujeto se confunde sobre la naturaleza de sus condiciones de existencia. Si esto fuera así, bastaría al sujeto salir del error para ser libre, pues tanto el error como el engaño suponen -como bien sabía el Descartes del Discurso del método y las Meditaciones- un sujeto preexistente. El problema es que la ideología no es algo que enturbie la conciencia y perturbe el conocimiento que el sujeto tiene del mundo. La ideología no engaña ni ofusca al sujeto, puesto que es la propia ideología la que constituye al sujeto como tal. De ahí que, abandonando el terreno de la falsa conciencia, del engaño y de la alienación, Althusser afirme que "La ideología representa la relación imaginaria de los individuos a sus condiciones reales de existencia". Ahora bien, esta relación imaginaria es la que hace que nos representemos nuestras condiciones de existencia como un universo centrado en la categoría de sujeto, que es la categoría central de toda ideología. La ideología hace que veamos nuestra realidad de individuos producidos por unas condiciones materiales determinadas como si fuera el resultado de la acción de sujetos libres que son el fundamento de su conocimiento y de sus actos, de sujetos capaces de "responder" de sus actos y de "dar razón" de sus pensamientos.


IV.
Si, como propone Althusser, siguiendo en ello una larga tradición materialista que va de Spinoza a Marx y a Freud, el sujeto es un efecto, será necesario pensar su producción, pues todo efecto es producido por una serie de causas. Naturalmente, los aparatos específicamente ideológicos como la familia, la escuela o la Iglesia ocuparán un papel fundamental en esa producción, pero también los aparatos prioritariamente represivos como el policial tendrán aquí su función. De ahí que el ejemplo más famoso de funcionamiento de un aparato ideológico que nos da Althusser sea precisamente una "interpelación" policial. (Hay que precisar aquí que, en francés, el término "interpelación" tiene varios sentidos: en primer lugar es el hecho de llamar a alguien, de dirigirse a alguien de manera individualizada, en un sentido próximo al de la segunda acepción del término en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: "Requerir, compeler o simplemente preguntar a alguien para que dé explicaciones o descargos sobre un hecho cualquiera")..En segundo lugar, es el nombre habitual que se da a la detención policial (interpellation policière).

Althusser resumirá en una escena familiar su teoría de la interpelación: 

"Sugerimos entonces que la ideología “actúa” o “funciona” de tal modo que “recluta”sujetos entre los individuos (los recluta a todos), o “transforma” a los individuos en sujetos (los transforma a todos) por medio de esta operación muy precisa que llamamos interpelación, y que se puede representar con la más trivial y corriente interpelación, policial (o no) “¡Eh, usted, oiga!”
Si suponemos que la hipótetica escena ocurre en la calle, el individuo interpelado se vuelve. Por este simple giro físico de 180 grados se convierte en sujeto. ¿Por qué? Porque reconoció que la interpelación se dirigía “precisamente” a él y que “era precisamente él quien había sido interpelado” (y no otro). La experiencia demuestra que las telecomunicaciones prácticas de la interpelación son tales que la interpelación siempre alcanza al hombre buscado: se trate de un llamado verbal o de un toque de silbato, el interpelado reconoce siempre que era precisamente él a quien se interpelaba. No deja de ser éste un fenómeno extraño que no sólo se explica por el sentimiento de culpabilidad”, pese al gran número de personas que “tienen algo que reprocharse”."


V.
Volviendo tras este desvío por la teoría de la ideología al suceso que nos llevó a estas reflexiones, vemos que la frase « te conocemos de toda la vida » adquiere un nuevo significado. Si el origen de ese sujeto, de ese yo que se cree fundamento y origen de sus actos y sus pensamientos es una interpelación -del tipo de la que aquí describe Althusser- podemos afirmar que no existe sujeto antes de que el individuo interpelado se reconozca como tal, aunque el sujeto de la interpelación se tenga a sí mismo por un sujeto ya existente que responde a ella. La relación que como individuos tenemos a nuestras condiciones de subjetivación, de producción como sujetos, es la primera relación a nuestras condiciones de existencia que nos representamos imaginariamente bajo la categoría de sujeto. Hay algo originario en la interpelación policial, un gesto que convierte al individuo en sujeto en tanto que la voz del policía es la voz que representa la ley en su doble sentido de norma que instaura un orden y de norma basada en un poder de excepción. Este poder de excepción que encarna la policía actúa -al igual que el sujeto de la infracción- en los márgenes que necesariamente deja cualquier ley alrededor de los ámbitos que ordena. Toda ley deja un margen para su incumplimiento por parte del súbdito y para la actuación extralegal -excepcional- del soberano. La voz de la ley es siempre, para el súbdito/sujeto la voz que abre el espacio de la culpa. Como afirma San Pablo : « yo no conocí el pecado sino por la ley ».(Rom.7.7). La ley que nos interpela en el policía nos hace indistinta y simultáneamente sujetos y culpables. Nuestra existencia como sujetos depende de ese oscuro origen, por lo cual el policía puede suponer sin riesgo de equivocarse que "te conoce de toda la vida".  La temporalidad que crean la ideología y los aparatos de Estado que son su encarnación tiene la falsa eternidad de un mecanismo que al producir sujetos produce a la vez la ilusión de un fundamento "siempre ya subjetivo" de su propio funcionamiento, de modo que el sujeto producido por la interpelación se reconoce siempre en ella.
Es ardua tarea salir de este laberinto y reconocer nuestra individualidad, e incluso nuestra singularidad, más allá de los aparatos que producen sujeto y sujeción, es, sin embargo una tarea necesaria en todo proceso de liberación. Para ello hay que reconocer formas de acción de los individuos que expresen  la potencia de lo singular dentro de lo común, que permitan pensar todo lo que la categoría de sujeto excluye: la singularidad (pues todo sujeto es serial, al ser producido en un mismo molde ideológico), la transindividualidad y la complejidad interior (pues todo sujeto se presenta como una realidad autosubsistente y simple: un "yo pienso" o un "yo quiero") y lo común (pues todo sujeto se representa su serialidad como algo propio y exclusivo).




jueves, 23 de mayo de 2013

El sangriento espectáculo de Woolwich

(English translation by Richard McAleavey, here)

Nos enseña Michel Foucault en sus cursos de los años 70 que es necesario distinguir entre dos formas de dominio de las poblaciones: la disciplina y el control. La disciplina pretende normalizar a los individuos de tal modo que su conducta sea previsible y "normal". Lo consigue mediante aparatos como la cárcel, la escuela, el cuartel o la fábrica fordista, todos ellos basados en un mismo dispositivo o esquema de poder teorizado por Jeremy Bentham y cuya genealogía fue investigada por Michel Foucault en Vigilar y castigar: el panóptico. El panóptico es un dispositivo por el cual una persona situada en recinto que ocupa el centro de un espacio cerrado sin obstáculos a la visión, puede observar, idealmente sin ser vista, a todas las personas comprendidas en ese espacio, de modo que, sabiéndose siempre potencialmente controlados, los individuos encerrados en ese espacio adecuan "espontáneamente" sus conductas a la norma. Numerosas prisiones siguen este esquema.

El control prescinde de esta normalización individualizada y gestiona globalmente la conducta de las poblaciones determinando, no a nivel atómico sino a nivel molar, los límites aceptables de esa conducta sin recurrir a ninguna norma ni valor previos. Una sociedad de control permite así, por ejemplo, ciertos niveles de violencia y de delincuencia, integrándolos en un cálculo utilitarista que compara ventajas e inconvenientes de las diversas conductas y establece sus niveles aceptables de peligrosidad o de riesgo. La corrupción puede así convertirse en una práctica delictiva perfectamente aceptable en cuanto agiliza las transacciones mercantiles y ciertos niveles de violencia pueden también tolerarse en función de su utilidad para una muy rentable industria de la seguridad y del control (Rigouste).

La sociedad de control es también una sociedad del espectáculo en cuanto muestra de manera casi exhaustiva la cotidianidad pacífica o violenta a través de medios de observación perfeccionados. Estos medios no tienen, sin embargo, una finalidad disciplinaria como el panóptico de Bentham en el cual todo individuo internado en un espacio de encierro (fábrica, prisión, escuela etc.) se sabía potencialmente observado y ajustaba su conducta a este temor. Hoy, la observación es total: las cámaras de vigilancia están presentes en todos los rincones de nuestras calles y a veces, incluso en las casas, pero el espacio observado es un espacio abierto y, sobre todo, no existe, como ya se dijo, una norma establecida a priori que se intente imponer a las conductas. Se ha perdido, como afirma el discurso ordinario, todo horizonte, todo norte moral. Lo único que cuenta es el resultado global. No se trata ya como en el régimen disciplinario de que no ocurran acontecimientos "anormales", sino de que estos acontecimientos se conozcan públicamente a través de la visión, como espectáculo y puedan ser objeto de una constante evaluación comparativa sin unidad de medida ni valor previo. La propia violencia cambia así de sentido y se convierte en un acto que sus propios actores saben destinado a ser visto. Añádase a esto que las funciones de observación que eran en el régimen disciplinario un monopolio del Estado hoy se han privatizado mediante la profusión de cámaras privadas que van de las cámaras de seguridad de las viviendas o los comercios a las cámaras portátiles que llevan hoy incorporados casi todos los modelos de teléfono móvil.

Esto nos permite introducir una nueva característica de la sociedad de control: lo que Alain Brissat denomina su carácter inmunitario. La violencia en la sociedad de control es violencia espectacular, vista a distancia incluso por quienes la protagonizan. Hoy, todo el mundo es actor y todo el mundo es cámara de cine: estamos en la era del Hombre con una cámara de cine como el de la película de Djiga Vertov. De este modo, nada nos afecta directamente: la realidad se vive en el registro de la ficción, como algo filmado o filmable. La consecuencia de ello es que el dolor, aun cuando existe, queda anulado, convertido en mera imagen del dolor. La imagen nos inmuniza contra el dolor. La imagen que es capaz de representar la cosa ausente como presente,  representa también la  presente como ausente, como una nada indolora.

Buena parte de la imagen y de la práctica actual de la guerra, en la era de la imagen y de los drones, solo se entiende desde esta perspectiva a la vez espectacular e immunitaria. Hitler mandó que el genocidio de los judíos de europa se realizase mediante cámaras de gas para evitar el "sufrimiento moral" de los soldados nazis obligados a matar de un tiro en la nuca a niños, mujeres, ancianos y demás civiles desarmados. Considerando que se exigía de ellos un excesivo "heroismo" en el cumplimiento directo de las tareas de exterminio, el Führer los liberó de esa carga mediante ese instrumento de muerte industrial, anónima y aséptica que es la cámara de gas. En aquel momento, la inmunización contra el dolor del crimen se obtenía ocultando sus imágenes, negando su existencia. El negacionismo está siempre ya incluido en la política genocida del nacionalsocialismo. Esto deja ya de ocurrir con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki: tuvimos imágenes de las bombas, de los hongos nucleares y de sus consecuencias desde el primer momento. Uno de los pilotos de la misión, Eatherly estuvo al borde de la locura tras "ver" lo que habían hecho. Por mucho que no tuviese contacto con la población asesinada, la conciencia de la magnitud de la matanza le resultó inaceptable. Era necesario por consiguiente  separar lo más posible a los seres humanos del acto de dar la muerte, inmunizarlos contra la muerte mediante barreras. Estas barreras serán la imagen y la automatización de las máquinas de matar. La cámara y el dron, a veces unidos en un mismo aparato sintetizan esta guerra "humana" con la que soñara Hitler. El uso masivo de drones en la guerra de Afganistán/Pakistán está permitiendo que se realice el sueño de un conflicto sin bajas para quien tiene la supremacía técnica y con numerosas bajas civiles para quien no la tiene.

El espantoso crimen ocurrido ayer en Londres en el que un joven británico de origen nigeriano asesinó con un machete en plena calle a un soldado británico ilustra bien el funcionamiento de una sociedad de control espectacular e inmunitaria. En primer lugar, las imágenes del crimen circulan por la red como objeto de curiosidad, pues decenas de personas asistieron al asesinato y, en lugar de salir corriendo a ayudar a la víctima o a ponerse a salvo, se quedaron en las cercanías filmándolo. Como si no tuvieran nada que temer, pues la realidad convertida en imagen es tan inofensiva como la de una película, aunque sea un "snuff movie". El propio protagonista, una vez cometido el crimen se puso a departir tranquilamente con los viandantes mientras era filmado y a explicar con bastante serenidad, con un machete y un cuchillo ensangentados en sus manos también cubiertas de sangre, los motivos de su acción. Probablemente el joven sea un "terrorista improvisado" que decidió lanzarse a la fama mediante este acto y lo consiguió. Su objetivo era denunciar mediante la acción lo que ocurría todos los días en numerosos países musulmanes ocupados o intervenidos por potencias "humanitarias" occidentales como Irak, Afganistán o Pakistán. La fama la obtuvo, pero esto último no lo consiguió realmente, pues para los medios de comunicación todo quedó en una denuncia de su "barbarie", rápidamente asociada al Islam político por unos medios cuyo reflejo inmediato es banalizar la imagen del enemigo, para mejor ocultar el contexto de este acto.

De este modo, lo que quiso ser un intento sangriento y cruel de recurrir a la propaganda por la acción se convirtió en nuevo argumento a favor del antiterrorismo, el racismo y la islamofobia. Lo que quedó fue la imagen del bárbaro matando bárbaramente a uno de "nuestros muchachos" y un nuevo pretexto para que las comunidades musulmanas sean objeto de ataques xenófobos y racistas en Europa y en sus propios países. La imagen -como ocurre siempre en la sociedad del espectáculo- quedó enteramente desconectada de su contexto y de los motivos del autor del crimen. Así, se le pudo atribuir a él y se pudo seguir atribuyendo a "los suyos" el monopolio de la barbarie, mientras que un gobierno británico que lleva años ocupando Afganistán y liquidando a decenas de miles de personas mediante bombardeos con misiles y drones puede permitirse asumir el monopolio de la "humanidad". Quien habla de "barbarie" expulsa de la humanidad al otro como esencialmente violento e inhumano, y asume para sí la representación exclusiva de lo humano. La lógica del humanismo pacifista que se expresa en nombre de la humanidad y condena la violencia "venga de donde venga" coincide así con la del racismo y la fundamenta. ¿Es acaso el racismo sino la proyección de nuestra propia violencia y barbarie, de nuestra propia pulsión de muerte, en el otro "bárbaro"?

martes, 14 de mayo de 2013

El 15M y la estrella de Occam


(English translation by Richard McAleavey here)

Quien lea estos días la prensa del régimen español comprobará que toda ella constata una menor presencia del 15M en las calles. Algunos hablan de una "mejor organización, otros temen una "radicalización", pero todos coinciden en su menor presencia como movimiento en el espacio público, por mucho que el 12 de mayo de 2013 se volviera a llenar la Puerta del Sol de gente para la celebración del segundo aniversario. Ciertamente, si el 15M hubiera sido un movimiento, esto es un grupo de personas con un objetivo político o social preciso, no les faltaría razón a quienes celebran o lamentan su desgaste, pero el 15M es otra cosa o tal vez ni siquiera una cosa, sino un acontecimiento. En primer lugar, el que se le nombre con una fecha debería alertarnos de este hecho. Nadie duda de que el 15 de mayo de 2011 ocurrió algo importante en el Estado español, primero en las grandes ciudades y, posteriormente en el conjunto del país. Por primera vez, una multitud fuera del control del Estado, de los partidos o de los sindicatos toma masivamente los centros de varias ciudades importantes reclamando una refundación de la democracia, clamando contra la corrupción y contra los efectos de la crisis sobre una población juvenil ya terriblemente azotada por el paro masivo. Se trataba de redefinir las reglas del juego para que dejaran de ser siempre los mismos -las mayorías sociales- los que perdían. El 15M se prolongó un mes en la puerta del Sol y se convirtió en el parlamento real, aquel en que se tratan los problemas de la población e intervienen libre y directamente los propios ciudadanos en el marco de una asamblea abierta. Lo primero fue reconquistar la democracia como espacio de palabra y de responsabilidad de cada uno ante los demás. No se trataba solo de comprobar que la multitud rebelde del 15M existía: esto se hizo en las primeras semanas en las que el contacto de realidades sociales, ideológicas, estéticas muy diversas creó un clima de confianza y de amistad general. Más allá de esto se trataba -sin saberlo- de recuperar una de las evidencias en las que se basaba la ciudad antigua en la que, como afirmaba Aristóteles, "los ciudadanos son amigos". La pasión política en la democracia produce amistad. Antagonismo también.

La crisis aportó los contenidos para los debates y movilizaciones. La oleada de recortes en los salarios y en los servicos públicos fundamentales como la salud y la educación, la pérdida masiva de derechos de los trabajadores, de los ancianos, de las personas dependientes y sus familiares, los centenares de miles de desahucios se conviertieron en temas urgentes de movilización. Se crearon comisiones, órganos que aportaban sus contribuciones a las asambleas sobre todos estos temas. Sobre todo, las personas que despertaron a la política y a la ciudadanía real ese 15M participaron en multitud de actividades concretas de reivindicación de bienes comunes y de derechos, de detención de desahucios. En todos estos frentes, el poder ha sido sordo y ciego, pero la movilización ha seguido adelante. Las distintas mareas de los servicios públicos que reúnen a trabajadores usuarios y ciudadanos en general se mantienen activas y en lucha a pesar de la falta de respuesta del poder. El choque permanente con el poder como obstáculo da, dentro del pacifismo imperante, un tono antagonista a la reivindicación. Ya no se trata solo de formular peticiones al poder, sino explícitamente, de hacer caer lo que ya se denomina abiertamente "el Régimen". Se forma así una serie de movimientos sociales cuya trayectoria depende cada vez menos de la reacción del poder y que mantiene sus exigencias de manera autónoma. Del mismo modo, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca ha cosechado ya importantes éxitos: la presentación de la ILP respaldada por un millón y medio de firmas, las sentencias del Tribunal Europeo de Justicia contra la ley hipotecaria española y de varios jueces legitimando las ocupaciones. Todo esto no es el 15M, pero sí que constituye una realidad contaminada por el virus del 15M, es algo que no podría haber existido a esta escala sin aquel acontecimiento inicial.

La independencia de los movimientos, su perseverancia en sus objetivos sobre un fondo de empobrecimiento general de la sociedad por parte de un gobierno "democrático" que es una agencia de cobro de la deuda al servicio del capital financiero, están haciendo tambalearse los equilibrios fundamentales del régimen. Si el franquismo se mantuvo gracias al mito de las "dos Españas", hay desde el 15M otras dos Españas, pero distribuidas según una proporción muy distinta: la del 1% y la del 99%. Esto hace que los sondeos muestren un porcentaje enorme de apoyo al 15M, a la PAH, a las mareas, un porcentaje que supera con creces los resultados de los dos grandes partidos unidos. El 15M llega a tener un apoyo del 75% y la PAH de casi el 90%. Las instituciones y los consensos de la Transición pierden legitimidad a toda velocidad, mientras que los movimientos la ganan. Tal vez sea esto el famoso proceso constituyente: el despliegue progresivo de una potencia de las mayorías sociales que quiere darse otra forma de vida política y otra organización social que le permita algo tan normal
 -pero tan imposible para muchos hoy día- como vivir con dignidad. Se puede alguna vez rodear el Congreso, se puede interpelar al poder en los escraches: todo esto tiene su utilidad, pues deslegitima el orden existente. Sin embargo, lo esencial es la perseverancia admirable de los movimientos sociales, su capacidad de convergencia con otros movimientos, su capacidad de crear hegemonía. En este momento, como decía recientemente una amiga madrileña, "se habla de política en la sala de espera del médico" y en las colas de los mercados. En un país cuyo régimen actual fue fundado por un hombre, Francisco Franco, cuyo principal objetivo era "que no se hablase de política" y en el que la democracia recortada "de partidos" hoy vigente sirve para cumplir por medios algo menos brutales los designios del "Caudillo", esto es una victoria colosal para la democracia.

Sabemos que existen estrellas muertas que nos siguen enviando su luz milenios después de haberse apagado. En cierto modo, una causa ya inexistente sigue produciendo efectos. Guillermo de Occam afirmó esta hipótesis -antes de que se conociera este fenómeno astronómico- para ilustrar su tesis según la cual causa y efecto estaban conectados entre sí por la voluntad divina, que también podía disociarlos. La imagen de una estrella muerta que sigue alumbrándonos es una imagen triste para referirnos al 15M, pues el 15M sigue vivo, pero pervive en sus efectos. El 15M, como todo verdadero acontecimiento que cambia la historia, se ha convertido en una causa ausente, pero a diferencia de la estrella de Occam, una causa ausente sigue actuando, es sus efectos, que se confunden con ella misma. Tardaremos en apreciarlos enteramente en términos de cambios de nuestra propia subjetivación política, de afirmación de nuestra potencia singular y colectiva, pues los efectos del 15M siguen produciéndose en nosotros y contrarrestando las pasiones tristes inducidas por el poder.  Dormíamos, despertamos.


martes, 7 de mayo de 2013

El régimen contraataca...en su teatro de títeres





Nuestra amiga Beatriz Talegón vuelve a salir a la palestra. Pocos días después de que el PP iniciara su campaña de propaganda contra los movimientos sociales con una serie de vídeos -que copian la estética 15M- y concluyen con el eslogan "juntos salimos", la otra pata del régimen, el PSOE, vuelve a sacar a su muy sumisa cachorra "rebelde". En un tuit, afirmaba la joven socialista que "el 15M debilita la democracia" (lo que ella entiende por democracia, es decir la representación política) y que "detrás del 15M está seguramente la derecha". Es hermosa la coherencia, incluso en el delirio. Tal vez, sobre todo en el delirio, pues el delirio cierra el paso a la siempre incongruente realidad mediante oponiéndole un discurso cerrado. Talegón, al igual que los propagandistas del PP tiene una cosa clara: que lo real es lo representable. Discípulos de Hobbes -y en cierto modo también de Berkeley- consideran que ser es ser representado. Así, la democracia se "debilita" o se "pone en peligro" cuando la población actúa políticamente en lugar de delegar el monopolio de la actuación política a los representantes. La democracia de ellos no tiene  absolutamente nada que ver con el pueblo y el demos sino con el poder constituido a través de la representación. Es una democracia absolutista, una democracia Leviatán, la que permitió hasta anteayer mismo participar en la Internacional Socialista de la Srta. Talegón a partidos como el de Ben Ali o el de Mubarak, por no hablar de la AD venezolana del siniestro Carlos Andrés Pérez, responsable de miles de muertes durante el caracazo.

Todo en esta representación tiene algo de teatral. Para Beatriz Talegón "detrás del 15M" está la derecha. Los motivos de indignación de la mayoría social ante el desastre ocasionado por las políticas neoliberales del PSOE son, por consiguiente, falsos y manipulados. Según Talegón, la población tenía que haberse dirigido para resolver sus problemas a los mismos que los causaban en vez de salir a la calle y denunciar a los dos partidos del régimen como agentes de la catástrofe social. Según esta ideología absolutista y representativista, no hay más realidad que la del tingladillo teatral del parlamento y del juego autista de los partidos. Siempre que algo pasa es porque el "Otro" mueve los hilos por detrás. Si alguien protesta contra la políticas neoliberales del PSOE es porque lo engaña la derecha. Si alguien se queja de las políticas igualmente neoliberales del PP, lo hace impulsado por el PSOE. La población, las distintas singularidades que componemos la multitud, carecemos de vida propia, de deseo, de pensamiento, sólo somos en cuanto representados y nunca actuamos sino en función del juego de espejos de la izquierda y la derecha de la representación, de la izquierda de la derecha y la derecha de la derecha, como diría el Subcomandante Marcos.

El régimen, por mucho que intente ahora recuperar terreno deseperadamente mediante campañas de propaganda, ha sido ya desalojado de las calles. La Srta. Talegón pudo comprobarlo personalmente y Doña Esperanza Aguirre sueña despierta cuando afirma que sacará a la calle a su gente a defender los recortes. Les queda el espacio de la representación y del espectáculo, esto es un resorte fundamental en la producción de obediencia. Si los movimientos sociales contra la dictadura deudocrática quieren tener capacidad de ruptura no deben despreciar esa esfera y afirmar autosatisfechos que la realidad somos nosotros y "ellos" viven en el ensueño. Este es el error garrafal que impide hoy a la mayoría social que ya existe contra la deuda, los desahucios, etc. cambiar la situación política y social que causa el actual desastre. No basta saber la verdad, no basta saber que se vive en la realidad para que las cosas cambien; también es necesario intervenir eficazmente en el ámbito de la producción de las pasiones, el ámbito donde el poder fabrica nuestra obediencia. Ese ámbito que produce ilusiones no es ilusorio sino perfectamente material: existe y produce efectos. Es indispensable que las posiciones de los movimientos sociales se expresen en los medios e incluso en el parlamento para que las cosas cambien. En términos "leninistas" podríamos decir que está planteada la cuestión del "Partido", la cuestión de la organización del movimiento social en la esfera de la representación. No se trata de "representar" a los movimientos sociales como pretenden los dos partidos gemelos del régimen y sus apéndices, sino de abrirse paso en la esfera de la representación y del espectáculo con dos fines: 1) bloquear la producción de tristeza e impotencia en que se basa la obediencia al régimen y 2) fomentar desde la esfera de la representación y del espectáculo las pasiones alegres necesarias para fortalecer la actuación política de las mayorías sociales.

Para esto es necesario un "partido" de nuevo tipo, adaptado a la nueva composición de clase. Hoy nadie está dispuesto a aceptar un partido de vanguardia, guardián de una doctrina e ilustrador de las masas. Hoy no hay masas, sino singularidades. Las masas corresponden a la realidad de clase del proletariado fordista, sometido en la producción a un mando y una dirección y cuyas formas de organización replicaban esta realidad social. Hoy el trabajo precario, flexible, cognitivo, afectivo, socialmente difuso que caracteriza al postfordismo no se adapta en absoluto a esos esquemas. No acepta mando ni lecciones, pero aspira a expresarse en todas las esferas. La izquierda tradicional tarda en incorporar esta nueva lógica, pero los movimientos lo están haciendo por ella. En Cataluña, las CUP han dado ya un paso importante en este sentido. En Madrid, la AUPA de Alcorcón y otras iniciativas se ponen en pie. Necesitamos este tipo de instrumentos así como campañas de información e imagen mucho más amplias para desalojar al régimen de ese espacio clave que es el de la producción de la obediencia. Naturalmente, esto debe hacerse sin caer en la tentación -tan habitual en el caso de las izquierdas- de ocupar ese mismo espacio y utilizarlo para crear un poder propio. La presencia de una fuerza democrática transformadora en los aparatos de Estado debe ser un poderoso instrumento de devolución de la capacidad de decidir a los individuos reales y a los movimientos sociales donde intervienen, no una nueva forma de representación.

miércoles, 17 de abril de 2013

Venezuela: elecciones y reversibilidad de los cambios sociales

Frente a Venezuela y la revolución bolivariana, toda la prensa española es de extrema derecha. El odio de clase y el racismo colonial con que trató el franquismo a las clases populares de nuestro país se exportan directamente a Venezuela. La lumpenoligarquía de El País se atreve así a hablar del "lumpen chavista", no pudiendo aceptar el acceso a la vida política de los excluidos que constituye el rasgo principal de la democracia. La derecha española en todas sus variantes -la derecha de la derecha, el centro de la derecha y la izquierda de la derecha- tiene experiencia en "corregir" resultados electorales: todavía estamos viviendo los resultados de la "corrección" operada en el 36, cuando por última vez en España las mayorías sociales aspiraron a una hegemonía política. Venezuela -al igual que Cuba- es para ellos una insoportable excepción a la regla según la cual no debe ser la mayoría social trabajadora, sino los poderosos, los ricos, los amos, quien detente la hegemonía social y política. La revolución venezolana está por eso íntimamente conectada a los procesos sociales y políticos españoles: basta ver cómo el presidente Maduro respondió a la injerencia desvergonzada del ministro español de asuntos exteriores afirmando que haría mejor en "ocuparse del 25% de desempleo". Sólo en una cosa discrepo de esta declaración del Presidente Maduro: el paro en España asciende ya a casi un 27%... En la asamblea nacional venezolana se puso hoy mismo como ejemplo de la regresión social que habría supuesto el triunfo de Capriles lo que está haciendo el PP en España: el empobrecimiento, el paro, los desahucios.

Hoy, el odio de clase desatado en Venezuela por parte de las derechas se dirige preferentemente contra los CDI (centros de diagnóstico integral) que cuentan con la generosa y eficaz cooperación de médicos cubanos, contra los mercales (supermercados subvencionados) y contra las sedes del PSUV y sus militantes. Dos de las personas asesinadas por la turbas de la derecha defendían un CDI, otras estaban en sedes del partido chavista mayoritario. El odio de la oligarquía toma como objetivo los logros de la población más pobre, los símbolos de la solidaridad cubana, los responsables de un poder electoral que ha permitido que las elecciones no se falsearan y que los sectores populares no desapareciesen de la escena política como ocurría en el régimen bipartidista y turnista anterior. La oligarquía destruye lo que no soporta, los símbolos de la dignidad de los pobres y del reparto de la riqueza, los símbolos de una democracia arraigada en las clases populares.

La coyuntura abierta por la pérdida de unos 600.000 votos por parte del chavismo es sumamente peligrosa. La revolución bolivariana logró mantenerse sin recurrir al terror revolucionario por dos medios: el reparto de la riqueza petrolera que permitió evitar una expropiación masiva de la oligarquía y financiar ambiciosos programas sociales y unas victorias electorales contundentes e indiscutibles. La guillotina y el terror se sustituyeron en la Venezuela bolivariana por unas urnas limpias y transparentes que hacían y hacen posible que las aspiraciones de los pobres se traduzcan en acciones de gobierno. La renuncia a la violencia revolucionaria y a la expropiación de la oligarquía, el intento de basar una política socialdemócrata radical de reparto de la riqueza en un movimiento social revolucionario, pero esencialmente pacífico y fuertemente orientado a los procesos electorales, son características que constituyen a la vez la fuerza y la debilidad del proceso bolivariano. No hay que olvidar que un aspecto fundamental del "socialismo del siglo XXI" es el intento de distanciarse del socialismo del siglo XX y de los modelos despóticos de tipo soviético: socialismo y democracia son hoy -de nuevo- inseparables. La respuesta más eficaz al anticomunismo de los 80 han sido sin duda las democracias revolucionarias latinoamericanas. Este elemento democrático es valiosísimo e irrenunciable, pero no es incompatible con la necesidad de un anclaje de la democracia revolucionaria en unas relaciones sociales transformadas. El Programa de la Patria de Chávez asumido por el Presidente Maduro incluye importantes elementos que van en ese sentido: se trataba y se trata de crear situaciones sociales y económicas, en la medida de lo posible, irreversibles. Es necesario cambiar las relaciones de propiedad, pero también las relaciones de apropiación real de la riqueza y de los comunes productivos. Si bien la revolución bolivariana ha conseguido ya importantes logros sociales que hasta el candidato Capriles tuvo que comprometerse -de boquilla- a mantener, todos estos logros son desgraciadamente reversibles si las relaciones de producción hegemónicas siguen siendo capitalistas.

Solo un cambio de la constitución material inducido desde los movimientos sociales permitiría que la democracia socialista funcionase como en Europa o Estados Unidos... pero al revés. De lo que se trata es de que un cambio electoral no permita cambiar la base material, de que, incluso si gana la derecha las elecciones, le resulte a esta prácticamente imposible cambiar nada esencial. Como aquí le ocurre a la izquierda que hace necesariamente una política de derechas. La revolución bolivariana estará perfectamente consolidada cuando los cambios electorales solo afecten a cuestiones de importancia secundaria, sin que los logros democráticos y sociales, el acceso libre e igual de toda la población a la riqueza y a los comunes productivos estén en peligro a cada consulta electoral. Solo en estas condiciones, podremos estar seguros de que NO VOLVERÁN.

miércoles, 27 de marzo de 2013

La "Reductio ad ETAm" como último argumento del régimen español

El cese de la actividad armada de ETA fue una pésima noticia para el Estado español y los poderes que en este se unifican. ETA fue en un primer momento un símbolo de resistencia intransigente a la dictadura y a sus intentos de transformación. Frente a la indudable brutalidad del régimen, que incluso durante su transición democrática segó la vida de centenares de personas víctimas de la violencia policial o de los diversos grupos parapoliciales de extrema derecha, ETA planteó un desafío armado al régimen y siguió reivindicando la ruptura democrática y el derecho de autodeterminación de las nacionalidades que siempre había reclamado la oposición democrática al régimen de Franco. El problema es que la oposición democrática abandonó sus exigencias mínimas, por debilidad y por oportunismo, y aceptó participar en el plan de remodelación controlada del régimen que se llamó Transición democrática. ETA quedó aparte y con ella un sector importante de la población vasca, tal y como se pudo comprobar en los distintos procesos electorales. 

Una vez conquistada la hegemonía para la reforma del franquismo en casi todo el territorio del Estado español, sólo quedaba el enclave vasco como bolsa de resistencia. El régimen español vio este hecho, no solo como un fracaso, sino sobre todo como una oportunidad. Gracias a ETA, que unía las reivindicaciones democráticas a la lucha armada contra el Estado, reivindicaciones mínimas tales como la ruptura con los distintos aparatos represivos y militares del franquismo, el regreso de la legalidad republicana, la autodeterminación de las nacionalidades, quedaban teñidas de radicalidad y cubiertas por el siniestro nombre de "terrorismo". Un régimen que se reestructuraba desde la fragilidad y que carecía de elementos mínimos de legitimidad tuvo así la oportunidad histórica de contar con un enemigo a su medida. ETA permitía cerrar la transición y "unir a todas las gentes de buena voluntad contra la violencia", ocultando la gigantesca violencia pasada -y presente- en que el propio régimen está sustentado. ETA se conviritó así en ese objeto de odio compartido que permitió a la izquierda abandonar sin vergüenza sus principios democráticos y rupturistas y a la derecha franquista unirse con esta en un frente democrático contra los "violentos". La creciente brutalidad de las acciones de ETA solo sirvió para cimentar este consenso que había permitido pasar de la legislación de excepción permanente del régimen franquista a la legislación de exepción no menos permanente de la "democracia antiterrorista". De ese modo, un régimen sin legitimidad histórica, democrática, social ni nacional logró consolidarse frente a lo que se percibía como un enemigo común. ETA había conseguido que el canje de "protección por obediencia" que el franquismo propuso a la población durante más de 40 años, al presentarse como garantía contra la "guerra civil", se reprodujera bajo una nueva forma como cimiento de la "joven democracia".

De este modo, el régimen español nunca ha dudado en acusar de terrorismo y asociar con ETA a quien se haya opuesto a él. Todo el que se mueve y plantea una reivindicación social contraria al régimen o al capitalismo es acusado de connivencia con ETA, sobre todo en el País Vasco, pero no sólo. Incluso el 15M fue contemplado bajo ese aspecto terrorista y no faltaron medios de derecha que acusaron a los jóvenes acampados de usar técnicas de guerrilla urbana o de "kale borroka". Hoy es la PAH quien se ve acusada de lo mismo: como si ETA fuese una organización que se hubiese dedicado a interpelar en la calle a sus adversarios políticos y poner pegatinas en las puertas de sus casas. La "reductio ad ETA" es el único argumento del régimen español frente a una disidencia que nunca ha querido ni sabido gestionar. Cuando la propia ETA ha puesto fin definitivamente a su actividad armada, ETA sigue existiendo como fantasma, como un fantasma que recorre España y que el poder asocia con el conjunto de una disidencia social que va en aumento y que nada tiene que ver con la añeja organización armada vasca. Un poder ciego e incapaz de negociar con la población sigue queriendo ver el fantasma del terrorismo hasta en las formas más inofensivas de la disidencia social. En eso recuerda a los regímenes "socialistas" de Europa del Este que no dudaban en ver la mano del imperialismo detrás de cualquier movilización social.  Curioso terrorismo este que es secundado por amplísimas mayorìas sociales opuestas a la violencia del capital financiero y de su Estado contra los más desvalidos. No durará mucho un poder que debe, para sobrevivir, reducir toda protesta social a violencia terrorista y presentarse como el único baluarte de la paz. Cuando el poder organiza desahucios violentísimos que recuerdan a los pogromos del zarismo o del régimen nazi, cuando apalea a manifestantes perfectamente pacíficos y es el único verdadero agente de violencia en una sociedad sumamente pacífica y civilizada, no sirve ya de nada que se presente a sí mismo como la representación de los pacíficos frente a un terrorismo ya inexistente. Nadie se lo puede creer ya, pues puede aislarse a una minoría social acusándola de "terrorismo", pero nunca a lo que ya es una aplastante mayoría.

sábado, 23 de marzo de 2013

Elogio del escrache

Sí se puede, pero no quieren.



Ada Colau lo anunció claramente durante su comparecencia en el Congreso: la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) no se quedaría con los brazos cruzados mientras se tramita la Iniciativa Legislativa Popular sobre la dación en pago y otras medidas relacionadas con los desahucios. La PAH ejercería toda la presión necesaria para que los diputados tomasen conciencia de la espantosa situación que crea para numerosas personas la legislación actual.  Teóricamente, en la cuestión de los desahucios, los distintos gobiernos españoles se limitan a cumplir la ley y, como se cumple la ley, se tapan los ojos ante la violencia que esto supone. Y es que esta ley que no contempla la dación en pago para las personas -aunque sí para las empresas- ha expulsado de su vivienda a más de 400.000 personas y provocado más de 400 suicidios y un sinfín de situaciones de miseria, humillación y sufrimiento. El operativo habitual de desahucio corre fundamentalmente a cargo de agentes de policía y oficiales de juzgado. Estos se presentan ante la vivienda de la persona condenada al desahucio y la presionan por todos los medios para que abandone su domicilio. Todo vale: gritos, amenazas, intimidaciones, golpes, puertas descerrajadas, etc.

Cada intervención de este tipo recuerda a pequeña escala las de los ejércitos coloniales que, como antaño el francés en Argelia y hoy el israelí en Palestina, expulsan a los nativos de sus viviendas en nombre del interés del más fuerte. Se ha dado el caso de que, ante la inaudita violencia de los desahucios, miembros de los distintos servicios que participan en ellos -bomberos, cerrajeros, incluso policías- hayan hecho objeción de conciencia. Cuando se expulsa a una persona de su vivienda, la sensación de estar violando algo sagrado es muy clara y muchos policías recurren, para aguantarla, a la vieja estratagema de su oficio: adoptar una actitud sumamente violenta en los gestos, los actos y las palabras para evitar toda posible identificación con la víctima. Esto les permite dotarse de una carapaza moral. La cosa es gravísima, pues, si se atiende a criterios jurídicos formales, lo que se está conculcando es un derecho fundamental: el derecho a la vivienda reconocido en las cartas de derechos fundamentales y en la propia constitución española. Estamos efectivamente en un tiempo oscuro en el que todo derecho, por fundamental que sea, palidece ante el único que según las autoridades debe prevalecer: el derecho de propiedad de los bancos.

La mayoría de los diputados y de los responsables políticos españoles contempla la cuestión de los desahucios con una mezcla de fingida indignación moral por las consecuencias de la ley vigente y de un fuerte "sentido de la responsabilidad" que les hace mantener y defender esta misma ley. Las actitudes varían en una gama que va de la necesaria defensa de la propiedad y de los contratos como base del orden social, independientemente de sus consecuencias para los demás, hasta la pretendida ignorancia de quien afirma que no tiene nada que ver con todo esto. Desde los soldados del deber que están dispuestos a defender el sistema hasta la última gota de sangre de los demás, hasta los hombres y mujeres "buenos" que tan solo votan lo que les dicen los dirigentes de sus partidos. Ambos tipos de personaje moral han salido a la luz como resultado del auténtico experimento social que han constituido los últimos escraches de la PAH. Era patético ver a un diputado rodeado de policías nacionales que intentaba llegar a la estación de Atocha para tomar su tren de regreso diciendo a los miembros de la PAH que intentaban hablar con él que: 1) ya lo estamos solucionando, 2) yo no tengo nada que ver con esto. Patético. Patético era también el diputado que se quejaba de la "violencia inaudita" del escrache que sufrió su domicilio el día anterior, con llamadas al timbre, golpes en la puerta, alarma entre los vecinos, inquietud de los niños, un auténtico escenario...de desahucio. Este último se limitaba a condenar la "violencia" de los manifestantes y no prometía nada, incluso amenazaba con no tener en cuenta las reivindicaciones de la PAH, pues se expresaban de una manera inaceptable.

El escrache es una vieja táctica de intervención social nacida en Argentina. De lo que se trataba inicialmente era de impedir la impunidad de los asesinos y cómplices de la dictadura militar y, posteriormente, de los delincuentes financieros que devastaron el país. Se trata de un acto en el que se combinan el señalamiento del responsable y su repudio social. Ciertamente, hay una cierta violencia en los escraches: la consistente en levantar el velo de normalidad que cubre el horror cotidiano y protege a sus responsables bajo las apariencias de la legalidad, del deber, o del anonimato. Adorno y Hannah Arendt reconocieron que el régimen nazi jamás habría podido funcionar tan solo a través de los miembros del partido nazi y de sus organizaciones directamente implicados en la violencia: era necesario que intervinieran cotidianamente un sinfín de personas anónimas que "cumplían con su deber" haciendo tareas de policía, gestionando el tráfico ferroviario, escribiendo en la prensa, diciendo misa, etc. Estas personas siempre afirmaron que no tenían nada que ver con ningún crimen, pero tampoco se preguntaron nunca por el sentido y las consecuencias de sus actos. El escrache los obliga a hacerlo y, si no consigue efectos en el propio sujeto, al menos lo marca de infamia ante el vecindario.

El escrache no permite que el mal se esconda debajo de la banalidad de los gestos cotidianos: el diputado que vota "por disciplina de partido" una ley inícua es reponsable de esa ley y de sus efectos, el que apoya a un malgobierno cruel y despótico no puede apoyarse en la mayoría electoral para considerarlo legítimo, el que muestra "sentido de la responsabilidad" apoyando leyes "necesarias" puede contemplar en directo las consecuencias no menos necesarias de sus leyes. Y es que las propias víctimas de estas medidas y de su barbarie se lo están diciendo a la cara. El escrache muestra así, por debajo de las apariencias de cohesión y de consenso que toda sociedad pretende darse, el tremendo desgarro, la herida profunda y sangrante que recorre las sociedades de clases, sobre todo en períodos de  agudización de los procesos de desposesión como el que hoy vivimos. La violencia del escrache es una violencia moral, pero ese tipo de violencia, a diferencia de la física, fácilmente asimilable por el poder, tiene hoy muchísima fuerza: distingue un "nosotros" múltiple que abarca a la inmensa mayoría de la sociedad de un Ellos compuesto por los beneficiarios del régimen actual y sus intermediarios políticos, permite delinear un espacio de antagonismo. El escrache es una estrategia de vacío social en torno a los responsables: un régimen político sólidamente implantado es capaz de hacer que la inmensa mayoría hable en primera persona del plural, que diga "nostros" refiriéndose al pueblo o a la nación; en un régimen en crisis, ese "nosotros" pierde su coherencia y se contrapone a un Ellos que designa a esos otros que gobiernan ajenos a cualquier principio de "decencia común".